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DE LA SIMPATÍA A LA COMPASIÓN PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WALTER RISO   

Si hemos logrado integrar de manera ponderada y unificada a deseo y amistad, la percepción será que todo está bajo control, que sin lugar a dudas habremos logrado armonizar una relación sana y perdurable. ¿Qué podría faltarnos? Nos deseamos con pasión y nos realizamos mutuamente en la alegría compartida, ¿Qué más se puede pedir?

Pero hay más. El amor sigue su curso y no se detiene allí. Hay un tercer nivel en la evolución afectiva. Amor se convierte en  amistad, que lo incluye, y a su vez amistad se  conecta a un nuevo amor que incluye ambos. Un amor distinto a los anteriores, que no sufre, no ambiciona tanto como eros, ni espera tanto a cambio como philia. 

Una amor que salta por encima del “yo quiero” erótico y del “tú y yo” amistoso, para ubicarse enteramente en el “Tu”. No soy “YO” ni somos “Nosotros”, eres “TU” en primer instancia, en primera persona. A este amor se le denomina agape: el amor desinteresado que da y se entrega sin más.

Se me dirá que semejante amor es imposible en una relación humana y real, sin embargo, la dulzura y la delicadeza suelen estar presente en las relaciones funcionales. En ocasiones, decidimos dar sin esperar nada a cambio o sentimos la urgencia profunda y determinante de buscar el bien del ser amado a costa de nuestro ego. 

De vez en cuando sucede y es maravilloso que así sea. Como lo explica muy bien Comte-Sponville: “Se pasa del amor a uno mismo al amor al otro y del amor interesado al amor desinteresado, de la concupiscencia a la benevolencia y la caridad, en suma, de eros a philia, y en ocasiones (por lo menos como horizonte ideal), de philia a agape.

El amor evoluciona con los años, si todo va bien. Se descentra y los sentimientos se asientan, por decirlo de alguna manera. Es el viento en calma que no  pierde su fuerza y se contiene, que se niega a lastimar al ser con quien compartimos el amor. Y no hablo de incondicionalidad ciega y permanente sino de querer ayudar y comprender a la persona amada cuando nos necesita. “Allí donde hay necesita, hay obligación”, decía Simone Weil.

Es la dimensión ética de amor que se transforma en altruismo. Es el camino de la otra pasión, la del sufrimiento que se regala. Benevolencia pura: “Daria mi vida por ti”, dicen lo que así lo sienten. ¿Darías tu vida por la persona que dices amar? No me refiero a los hijos, que es fácil y natural, sino a quien se une a ti por la “Voluntad amorosa” y no por la genética. ¿La darias? No sabemos, ¿verdad? Creemos que si, quizás, llegando el caso…

En las relaciones interpersonales, agape llega como el mar a la playa, la toca, la limpia, la refresca, pero no permanece porque la arena seria absorbida por el agua y desaparecería. Como dije antes, agape ocurre en ocasiones y en esos momentos nos despejamos de todo cuanto somos, la conciencia se vacía a sí misma y quedamos a merced del amor.  Agape es un regalo que nos hacemos y hacemos. Borges lo expone bellamente  en el final de su poema Baruch Spinoza.

El más prodigo amor le fue otorgado el amor que no espera ser amado

Despojando momentáneamente de eros y philia, me queda agape, el amor que acoge  y da. La palabra agape viene de agapan, que significa acoger con amistad (amar) y que en latín se ha traducido como caritas (el caro, el querido) y y en español como caridad. Los griegos conocían a eros y a philia y parece que no necesitaron definir otro tipo de amor, aunque existía el termino philantropia para designar el precio al extranjero. Es solo en nuestro nuevo testamento donde aparece la revolucionaria alternativa amorosa de “amar al enemigo”.

El mensaje de Jesús va mucho más allá de lo que se aceptaba hasta el momento: no solamente se trata de amar al desconocido, lo cual de por si es difícil, sino de amar a quien nos quiere perjudicar o, de hecho nos perjudica. Agape agrupa todo el conjunto de todos esos amores difíciles: “al prójimo como a ti mismo”, al enemigo, a la humanidad, al desconocido, en fin, la extensión del amor hacia lo universal. No digo que sea imposible amar de esta manera, aunque hay que reconocer que la mayoría de nosotros no somos capaces de sentirlo a plenitud. “Amar  a los enemigos" requiere de algo más que buena voluntad, es la llamarada de la santidad o de la iluminación.

Pero en el amor hay que ser prácticos, no olvidemos que eros y philia también intervienen, uno con su afán por el placer y el otro con el énfasis en la reciprocidad. ¿Realmente somos capaces de no esperar nada de la persona amada? ¿Renunciarías a la reciprocidad que philia exige o al placer que eros impone? Amar a los enemigos es quizás el pináculo de un proceso ascendente en que el amor evoluciona hacia lo espiritual, pero pretender convivir bajo el mismo techo con el enemigo, como si fuéramos compañeros del alma, es prácticamente imposible. Dicho de otra manera: es más fácil amar al enemigo que casarse con él o ser su amigo.


 



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